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Gestión hospitalaria

La cama más cara es la que el paciente ya no necesita

Optimizar un hospital no consiste solo en aumentar su capacidad. También exige mirar, con una lupa consciente, cuánto tiempo seguimos usando una cama cuando ya dejó de agregar valor clínico.

La cama más cara es la que el paciente ya no necesita

En salud hablamos constantemente de optimización. Optimizamos agendas, quirófanos, medicamentos, tiempos de espera, talento humano y presupuestos. Construimos indicadores para medir ocupación hospitalaria, giro cama, estancia promedio y productividad. Sin embargo, hay una pregunta mucho más sencilla que no siempre recibe la misma atención: ¿todos los pacientes que hoy están ocupando una cama hospitalaria realmente necesitan seguir allí?

La pregunta parece obvia, pero no lo es. Una cama hospitalaria es uno de los recursos más valiosos de un sistema de salud. No solo por el costo directo de mantenerla disponible, sino porque alrededor de ella se movilizan enfermería, médicos, medicamentos, alimentación, laboratorio, imágenes diagnósticas, limpieza, infraestructura y una enorme cantidad de decisiones administrativas. Por eso solemos interpretar una alta ocupación como señal de productividad. Un hospital lleno parece, a primera vista, un hospital eficiente. Pero no necesariamente lo es.

Una cama puede estar ocupada y al mismo tiempo estar siendo mal utilizada. El punto de inflexión aparece cuando el paciente ya no requiere el nivel de complejidad que justificó su hospitalización. Puede estar clínicamente estable, haber superado la fase crítica de su enfermedad y, aun así, permanecer allí porque falta una autorización, un medicamento de egreso, una interconsulta, oxígeno domiciliario, la coordinación con su familia o simplemente porque nadie inició suficientemente temprano la conversación sobre cómo continuar su atención fuera de la institución.

Desde el punto de vista contable, esa persona continúa siendo un paciente hospitalizado. Desde el punto de vista de la gestión, puede haberse convertido en otra cosa: un paciente esperando. Y esperar también cuesta.

El costo no se limita a la alimentación, los medicamentos o la hotelería hospitalaria. Existe además un costo de oportunidad. Cada cama que permanece ocupada por alguien que podría continuar de manera segura su recuperación en otro nivel de atención es una cama que no puede utilizar otro paciente que sí la necesita. El efecto se propaga: alguien permanece más tiempo del necesario en hospitalización, otro espera en urgencias, una ambulancia tarda más en entregar un paciente, una cirugía puede aplazarse, un servicio se congestiona y el personal trabaja bajo mayor presión. Al final, toda esa actividad puede terminar registrada como "alta demanda", cuando una parte del problema corresponde en realidad a una falla del flujo.

Por eso una de las preguntas más importantes de la gestión hospitalaria no debería ser únicamente cuántas camas tenemos, sino cuántas de las camas ocupadas hoy siguen generando verdadero valor clínico. Esa distinción obliga a mirar la hospitalización de otra manera.

Hay pacientes cuya cama es indiscutiblemente necesaria: requieren monitorización, soporte, intervenciones frecuentes o una capacidad de respuesta que solo existe dentro de una institución. Hay otros cuya permanencia se prolonga por barreras administrativas o logísticas. Y existe un tercer grupo para el cual pueden existir alternativas de menor intensidad asistencial, siempre que haya criterios clínicos claros, seguimiento adecuado y una red capaz de responder. No se trata de sacar pacientes del hospital para ahorrar dinero. Se trata de poner el recurso hospitalario donde realmente agrega valor.

La evidencia internacional muestra que, en pacientes seleccionados, algunos modelos de Hospital at Home y de egreso temprano apoyado pueden reducir el tiempo de estancia intrahospitalaria sin aumentar de manera clara la mortalidad. Una revisión de revisiones publicada en BMJ Open encontró que los programas de egreso temprano apoyado redujeron la estancia hospitalaria en varios grupos de pacientes, aunque los resultados económicos fueron heterogéneos. Una actualización de Cochrane sobre hospitalización domiciliaria para evitar el ingreso concluyó que, en pacientes seleccionados, esta estrategia probablemente hace poca o ninguna diferencia en la mortalidad, reduce el tiempo inicial dentro del hospital y probablemente disminuye los costos para los servicios de salud, aunque con magnitudes variables.

La conclusión no es que todos los pacientes deban irse a casa. La conclusión es que el hospital no debería ser el lugar por defecto para continuar un tratamiento cuando existe una alternativa clínica segura. La optimización, entonces, no comienza cuando el administrador revisa el tablero de ocupación. Comienza mucho antes: desde el momento mismo del ingreso.

¿Qué necesita suceder para que este paciente pueda salir? ¿Qué barreras pueden anticiparse? ¿Quién debe coordinar sus medicamentos? ¿Necesitará oxígeno? ¿Puede migrarse de una terapia intravenosa a una oral? ¿Puede completar parte del tratamiento mediante atención domiciliaria? ¿La familia comprende el plan? ¿Existe una cita de control? ¿Hay un responsable claro del egreso? Estas preguntas parecen operativas, pero juntas representan una filosofía distinta de gestión.

El alta no debería comenzar el día en que el médico firma una orden de salida. Debería empezar desde que el paciente ingresa. Eso exige auditoría clínica concurrente, búsqueda activa de pacientes susceptibles de transición, coordinación temprana entre pagadores y prestadores y equipos capaces de identificar barreras antes de que se conviertan en días adicionales de hospitalización.

También exige revisar la manera como medimos el éxito. Un hospital no necesariamente es más eficiente porque mantenga sus camas permanentemente ocupadas. Puede ser más eficiente aquel que logra que las camas estén disponibles para quienes verdaderamente las necesitan y, al mismo tiempo, ofrece rutas seguras para quienes pueden continuar su tratamiento en casa, de manera ambulatoria o en otros niveles de atención.

Esto es especialmente relevante en un país que discute permanentemente si tiene recursos suficientes para financiar su sistema de salud. Antes de preguntar únicamente cuánto dinero adicional necesitamos, también deberíamos preguntarnos cuánto valor estamos dejando escapar dentro de procesos que ya financiamos. Tal vez una parte de la sostenibilidad esté escondida en decisiones cotidianas aparentemente pequeñas: una autorización que llega a tiempo, una transición terapéutica bien planeada, una hospitalización domiciliaria iniciada oportunamente o una barrera administrativa eliminada antes de convertirse en otro día de estancia.

Nos hemos acostumbrado a poner una lupa sobre el precio de los medicamentos, los procedimientos y las tecnologías. También deberíamos poner una lupa consciente sobre la estancia hospitalaria. No para convertir cada alta en una carrera contra el reloj, sino para distinguir con rigor entre el tiempo que cura y el tiempo que simplemente se acumula.

Una cama vacía tampoco es eficiente. Pero una cama ocupada sin necesidad clínica puede ser todavía más costosa, porque consume recursos y al mismo tiempo bloquea la posibilidad de atender a quien sí los necesita. Tal vez antes de pensar únicamente en construir más capacidad deberíamos aprender a mirar mejor la capacidad que ya tenemos. Porque la cama más cara del sistema no necesariamente es la de cuidados intensivos ni la que tiene la tecnología más sofisticada. Puede ser, sencillamente, aquella donde permanece un paciente que ya no necesita estar allí.

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Dr. Jorge Acosta

Dr. Jorge C. Acosta Castillejo

Médico, gerente general y fundador de ACOSTA IPS. Magíster en formación en Gerencia de Instituciones de Salud (EAFIT) y autor de La Bata Púrpura. Escribe sobre humanización, gestión y transformación de los sistemas de salud.